Carajo, hace unos días me regodeaba de la ingenuidad ajena y ahora mismo estoy desmoronándome por el sadismo con el que algunas personas se mofaron de las perversas maquinaciones que ocurrieron a mi alrededor. Y por mucho que le duela a mi faceta comprensiva e indulgente, me enfurece que esa persona lo haya sobrellevado con facilidad y me haya cambiado expeditivamente por otro sujeto (celebrado por terceros) mientras yo sigo enfrascado en mi improductividad social, amorosa y sexual, retorciéndome de ira, dolor y autocompasión por personas que no deberían ocupar ni el más ínfimo espacio en ese lúgubre espacio lleno de turbulencias coléricas que unos pocos preceptos morales remanentes mantienen tenazmente en pie; mi mente.
A veces quisiera destruirlos a todos; rastrearlos como un animal, cazarlos, castigarlos con truculencia, matarlos, morirme y desaparecer.
¿Lindo prospecto de réquiem, no?
Srsly ppl
Enfrento una terrible dicotomía egocéntrica: ¿Debo pensar que mi sagacidad interpersonal excede cotas normales o sólo que aquellos que desean actuar insidiosamente jamás aprenderán a ocultar sus huellas?
Salvando las más ostensiblemente obvias distancias, la página incrustada en este post ilustra vívidamente mi status quo.
Aprender este axioma de la vida de me tomó varios meses agónicamente aciagos, pero valió la pena el sufrimiento:
Amarse a uno mismo actuando con dignidad y aplomo es un excelente negocio.
No obstante, no todo es endógeno. Hubo un ingente componente exógeno constituido por diálogos aleccionadores mantenidos con personas muy respetables, al igual que experiencias diversas que me permitieron, retrospectivamente, ver las cosas mucho más claras.
La alegoría, profundamente concerniente a mi propia vida y sus bemoles vigentes, queda circunscripta al diálogo, aunque quizá, en mucha menor medida, trasciende esa delimitación y alcanza a los personajes.
…pasa, esporádicamente, algo medianamente interesante y digno de mención, al menos prudencial para evitar que la inherente volatilidad de mi memoria cortoplacista se encargue de pulverizar mis aventuras letárgicas.
El primer sueño, de ambientación netamente real en un lugar conocido (la periferia de la casa de un amigo) comienza conmigo saliendo de su casa y persiguiendo lenta y sigilosamente a otra persona que, pese a su alto estado de alerta casi paranoide (manifestado en su propensión a darse la vuelta y fisgonear a sus espaldas) no logra detectarme, porque en mi burda versión de intrepidez ocultarse rápidamente detrás de un árbol / montículo de heno (?) o encaramarme a una verja pequeña denota que soy un efímero prodigio del espionaje.
Antes de que el perseguido y yo, su acechante stalker y potencial captor, hagamos contacto visual, el sueño terminó abruptamente con mi despertar, para que minutos más tarde me entretenga con otro.
Pero en el interín tuve otro de índole más especular, que no recuerdo vívidamente, excepto por fragmentos confusos, tales como parientes que, siendo agasajados en mi casa cuya superficie variaba espásticamente, se veían involucrados en situaciones inverosímiles. No obstante, lo más pasmoso es el hecho de que yo intenta dialogar con la mayoría, con un propósito ulterior que no recuerdo. Sólo recuerdo que tenía uno gracias al peculiar qualia que experimentaba durante la ilusoria velada.
Luego del interludio me encontré enfrascado en el más temáticamente vago y bizarro de todos mis sueños. El mismo se desarrolló en perspectiva subjetiva con pequeños momentos de observación omnisciente, a diferencia del resto en los que sólo podía observar cómo se discurrían los hechos a través de mis propios ojos.
Fue un preámbulo demasiado extenso. Inmerso en mi nueva travesía onírica, comenzaba de manera un tanto anodina; conmigo jugando una especie de arcade de robots transformables en aviones (una trillada premisa en la industria japonesa), luego oyendo por la radio los desesperados mensajes de auxilio (análogos a Maydays) de la tripulación de un avión de combate y, más tarde, descubriendo que los diseños, gracias al cambio de plano (del real al onírico) han cambiado radicalmente, y que lejos de ser baluartes de optimización aerodinámica, los aviones se pueden describir morfológicamente como “cuatro cajitas de chocolate que se mantienen unidas por la mano que intenta sostenerlas a todas simultáneamente” que adolecían un craso defecto de diseño; como las cajas no se encontraban herméticamente cerradas, sus respectivas tapas debían ser sostenidas para evitar incidentes análogos a un desprendimiento de turbina en un verdadero avión a reacción. El momento cúlmine llega cuando la teoría recién formulada era corroborada por un experto en aeronáutica.
Los dos primeros que he narrado son, a priori, fácilmente interpretables. El tercero, en cambio, es un enigma en sí mismo, y si hay algún tipo de mensaje subliminal es demasiado subyaciente, al menos para un sujeto intelectualmente mediocre como yo.






